Soy feliz como una perdiz (ni idea porqué Dios habrá hecho tan felices a las perdices) porque hace tiempo que no tenía un martes en la noche tan relajado y una tarde dedicada al ocio ñoño de leer un libro por gusto con toda tranquilidad. Sí, eso me hace feliz, son los gustos pequeños de la vida, vive la vida, vive cachantúm.
Y también sería un pequeño gusto de la vida que me haría feliz tener una polera de bob esponja, aunque supongo que sería el lado consumista de la vida cachantumística, pero pucha, igual cachantúm es una bebida que se vende (BRP). Y tampoco me molestarían unos pantalones nuevos, que los míos ya tienen hoyitos (y no sé si eso debería publicarlo hohoho). Y si seguimos con esto de pedir también me gustaría que Santiago fuese una ciudad costera, aunque eso atacaría totalmente el espíritu maléfico de Santiago (okay, no maléfico, pero eso no viene a cuento) sólo por mi deseo egoísta de tener mi casa y mis chirimoyas, y mis serenenses acá. Aunque eso le quitaría aventura, pero filo. Igual (aunque sea a regañadientes) Santiago tiene su qué. Igual me gusta perderme en sus calles pseudo bohemias. Igual creo que me perderé por ahí este viernes.
Hablando de Serena, y de playas, y de dieciocho y de asados, llegué renovada, qué onda. Yo pensé que iba a morir, que me iba a estresar intentado ir a mil partes y de ver a toda la gente que quería ver pero no, todo se dio solo, terminé encontrándome con gente inesperada (y reconfortante) y regaloneando hasta más no poder. En serio, ya no caigo en mí de dulzura, niñez y cosas mamonas. Y es rico.
Ah, y ya no caigo en mí de gordura, que onda; ¡cinco asados en 3 días! ¡es que nadie puedee! y estaban tan buenos... RIP para mí. Pero fue bacán bacán poder ser una guagua de nuevo, poder quejarme de lo inquejable y dormir en la cama de mis papás. Sí, dormí en la cama de mis papás. Y fui a la parcela del valle y coseché chirimoyas como toda una campesina. También escuché canciones viejas y extrañamente bailé rockandroll el mísmisimo dieciocho de septiembre con mi papá. Sólo eso puede pasar en las fiestas patrias en la remota ciudad costera de La Serena (picada a viña del mar).
Pero no tengo pena, ojo. Ya no. Osea, no puedo decir que NUNCA MÁS tendré pena, pero no tengo pena ahora. Pero, no sé, Santiago me recibió con llovizna el día de la primavera, ¿qué más se puede pedir? Además, todo se ve mejor con un mp4 en el bolsillo.
Aunque me da miedo convertirme en una santiaguina más, de repente esta ciudad se pone peligrosamente
interesante. Y no en las formas más sanas.
Quizás no deba conocerlo muy a profundidad, para que no me atrape en su red smogeada de ilusiones.